miércoles, 5 de junio de 2013

Polis



Polivalente como ninguna, toda preciada de sí misma, llega la polimara al polígono de la noche. Mientras afinan los hierros unos se entretienen con Apolliniere y su balazos a Lulú, silbando como viejos obuses nadie creería que son tan jóvenes como apolíticos, tan sencillos como un poliedro, tan polillas imantadas por una luz que solo brilla en los túneles del fusilado.
Poliamorosa la polimara  hace costumbre y miserere en fervoroso oficio de sangre. Politeísta lanza sus oraciones en todas las direcciones y éstas llegan a las puertas, a las techumbres, a las cocinas, bajo las almohadas, al callejón más oscuro, al santo más perdido llega la oración perdida, como si a través de un poliducto montado con ternura e ingenio la bala nunca pudiera desviarse, nunca abandonara al penitente que espera, desde el cielo, el instantáneo sueño que lo agarra lavando, comiendo, besando, jugando, con la boca abierta o apolillado por la espera -debe decirse-, sin apologías de ningún tipo, solo esperando lo que debe estallar de un momento a otro como lo hace la rosa del patio en la noche, sin aviso, sin testigos, solo roja y silenciosa, lentamente bella e irrevasable.

Cae la noche en el polígono de la noche porque hay diferentes noches en una. Es un edificio de muchos sótanos la noche, atestada de ropa usada que se revende en el segundo que cae el muerto, con sus orificios y manchas, el poliester atravesado, la polichumpa rota, la polibota rasgada, el polivoz lamento del responso que va a cesar apenas reviente el siguiente pasmo que viene uniformado y con el rostro cubierto, la polimara en su dilema de asistir al velorio o seguir disparando a diferentes distancias o a bocajarro, politraumática, poliserena, cosmopolita como en CSI, casi políglota pero no para tanto.

F.E.

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